La soledad del paisaje sin árboles.

“Las personas necesitamos del árbol para respirar. En el bosque, uno nunca se siente solo, rodeado de tantos seres amables. La soledad espiritual del hombre en un paisaje sin árboles nos llena de tristeza, hasta la tierra queda estéril, agotada y seca y la vida lentamente se aleja.

La sutil presión de nuestro sistema de vida “civilizado”, mecanizado, burocrático, cada vez más alejado de la naturaleza, de la vida y de sus ciclos, nos están desheredando de nuestra sensibilidad, de las sabias tradiciones, de paisajes, árboles, especies de animales y plantas y, en suma, convirtiendo un planeta de bellos arco iris, de verdes bosques y azules océanos, en un lugar de vertederos y desiertos.

Parece que hasta los corazones se secaran y los niños quieren jugar con su ordenador en vez de bañarse entre las hojas del bosque”.

La magia de los árboles. Ignicio Abella.

A continuación os inserto un cuento titulado “El hombre que plantaba árboles”, que relata cómo, a lo largo de su vida, un pastor convierte una árida y desolada zona de la Provenza en un bosque verde y lleno de vida.

Emprende la labor anónima de plantar árboles en las tierras que  rodean su aislado hogar, un erial seco, azotado por el viento, yermo. Su convicción es tal, que se  dedica a ello sin prisa pero sin pausa durante años, y sin esperar más recompensa que la de ver brotar alguna de las semillas, ver crecer algunos de los plantones. Un viajero que de modo casual tropieza con el ermitaño, entabla conocimiento con él y se convierte en el único testimonio de su trabajo y de su obra: el pastor, en su inexorable y solitario trabajo había plantado decenas, cientos, miles de árboles; el erial se había convertido en un vergel.